03.05.2011 12:36:19
El Cine y el Arte según los Creadores2.0

Normalizar lo anormal,  por Gabriela Ugolini

“La marca del ángel” es, resumiendo en pocas palabras, la historia de un reencuentro… El reencuentro de una mujer con su peor trauma y con su mayor esperanza, en esencia es la historia del reencuentro de una mujer con un fragmento de sí misma que pensaba haber perdido para siempre.

Esta película no me ha llamado la atención tanto por sus contenidos, ya que narra hechos interesantes pero tampoco imprescindibles, sino por su manera de enfrentarse a esos contenidos: con eso me refiero a que la sensación más intensa que percibí al ver esta obra, dirigida por Safy Nebbou, no residió en el desarrollo del filme sino en la connotación con la cual este desarrollo se presenta al espectador (...)


Dicha connotación no puede quedar clara sin que explique, aunque sea simplemente a través de algunas breves pinceladas, que no delatan en absoluto la sinopsis, algunos elementos de la historia narrada: la protagonista es Elsa, una mujer de algún modo arquetípica de la sociedad actual, divorciada, con un trabajo que no la apasiona, desestabilizada emocionalmente, con una actitud intranquila -en ocasiones llegando a nerviosa- y con una desolación latente tan arraigada que desconcierta tanto a ella misma cuanto a quiénes la rodean. Tiene el apoyo de sus padres y la ayuda de una compañera de trabajo -que parece protegerla más que animarla- pero en realidad se siente, tal vez, mucho más sola de lo que aparenta y de lo que quisiera, es una mujer fuerte y al mismo tiempo frágil, cuya vida se mueve sobre todo alrededor de su hijo, un hijo quizá ya demasiado consciente y demasiado “crecido” por la edad que tiene.

Desde la primera escena se percibe la profunda inquietud de Elsa, que, sin necesidad de expresarnos en palabras su drama irresuelto, nos transmite enseguida, aunque sea simplemente con su mirada perdida, o con sus gestos poco armoniosos- llegando a frenéticos- la presencia en su interior de un profundo sufrimiento, un bloqueo -me atrevería a definirlo- que no la deja conectarse serenamente con su cotidianidad.

Esta percepción del dolor de la protagonista empieza a encontrar forma desde el planteamiento y encuentra explicación a lo largo del nudo de la historia, llegando, en el final, a definirse en todos sus contornos y a incitarnos, como espectadores, a empatizar con ella, a comprenderla e incluso a “quererla”. A ella se contrapone Claire, una mujer aparentemente felíz, con un matrimonio felíz, una familia felíz, una vivienda enorme con piscina, y sobre todo con mucho amor a su alrededor… pero en realidad con mucho dolor en su interior.

Pese a todo eso, pese a la tristeza del argumento tratado y pese a las actuaciones acertadas (pero no espectaculares) de Catherine Frot (Elsa) y de Sandrine Bonnaire (Claire), esta película me ha dejado de algún modo indiferente, ya que escena tras escena va perdiendo fuerza, se va deshaciendo de la intensidad que prometía al principio- y que antes he señalado- para adquirir una frialdad expresiva que desde luego no se adecua a la narración y que, siendo el término un poco duro, acaba decepcionando al espectador. Lo cierto es que, examinada en su totalidad, esta película no ha llegado realmente a conmoverme, precisamente por la cuestión de la perspectiva a la que me refería al principio, o sea por el hecho de afrontar con excesiva llaneza un tema tan duro y doloroso, mostrándolo como si se tratara de algo normal, casi natural, y además como algo que provoque en los demás reacciones normales, y, como digo, casi naturales. Éste es el riesgo, quizá, de hacer películas demasiado explicativas, con personajes demasiado “distantes” entre ellos, distantes del director, distantes del guión y de los diálogos que pronuncian, distantes de la cámara incluso, por tanto distantes, de reflejo, del espectador. Esta distancia quizá se hubiese podido colmar acercándose, precisamente, más a los personajes, con primeros planos más frecuentes, con más contrastes y discordancias de colores, agudos y grises según el momento, y también con planos detalles de manos que tiemblan, de ojos que reprimen las lágrimas, de piernas que corren desesperadamente, de heridas que sangran. Me han faltado todos esos planos, por tanto me ha faltado intensidad, emoción, y no por las palabras dichas y oídas en la película, que parecen destacar como el único elemento acertado (aunque, como apunté antes, tal vez resulten demasiado explicativas y carentes de aquella carga de misterio que la historia hubiera requerido) sino precisamente por las imágenes.

La secuencia quizá más impactante es la que contrapone la imagen de Elsa llorando desesperadamente en la ducha, a la escena en la que su antagonista (Claire) pierde el control del coche, casi llegando a estrellarse: en este punto del filme la conmoción encuentra el culmen, pero este momento parece quedarse ahí aislado, como si fuera un simple paréntesis en la narración, por eso resulta insuficiente para seguir manteniendo el mismo nivel de involucración en el espectador.

Supongo que la elección de “distanciarse” tanto de lo narrado, sea una estrategia del director para obligar al espectador a centrarse en los hechos en sí, más que en la puesta en escena, pero el resultado consiguió en mi mitigar y “entibiar” una historia que originariamente revelaba un contenido intenso a nivel factual, un contenido “visceral”, sufrido, apasionado. En última instancia, y, en un análisis más profundo, el resultado fue el de disfrazar de apacible algo tremendo, o mejor dicho de normalizar lo anormal, llegando incluso en el final a encubrir bajo una coherencia extremadamente lineal y, diríamos, muy “políticamente correcta”, una situación que, por su esencia, no podría en absoluto ni siquiera parecerlo, y que, si quisiera ser creíble o al menos verosímil, debería más bien cargarse de locura, de desequilibrio, de manifestaciones de amor incondicional, de enganche desenfrenado. Precisamente este último elemento, el enganche, es lo que realmente representa el “salto” que falta a este filme, me refiero a aquel enganche irrefrenable, que lo motiva todo y lo destroza todo, y sobre todo que lo explica todo: este es el tema más olvidado en todo el desarrollo de la película, ya que, mirando detrás de las evidencias superficiales, en el fondo es casi ausente en esta historia, mientras quizá era en realidad el más importante e, incluso diría, la verdadera premisa de la misma.

Concluyo diciendo que creo que la búsqueda del equilibrio no reside en normalizar algo que no es normal, sino en comprender y asumir que no es normal y vivirlo como tal, sin que eso nos perturbe más de lo que nuestra capacidad de aceptación de la realidad nos permita soportar. ¿Quién es, por lo tanto, la verdadera desequilibrada en esta historia? O mejor dicho: ¿no puede estar quizá en esta excesiva normalización la más autentica expresión del desequilibrio?

Esta película, si merece ser vista sería, y tomad ésta como una opinión totalmente personal, quizás precisamente por estas cuestiones que, tal vez involuntariamente o tal vez no, consigue plantear en el espectador.


  safy nebbou | gabriela ugolini
 

Comentario
Nombre:

E-mail (No se muestra):

  Escriba el texto de la izquierda: